THEON GREYJOY, EL MUSULMÁN

JUEGO DE TRONOS: UNA SAGA POP EN CLAVE FILOSÓFICA

La degradación del rehén de la casa Stark abre una puerta a la comprensión del Holocausto

Hay un libro fundamental para la comprensión del paradigma político (o mejor dicho, biopolítico) de nuestros tiempos. Se trata de una investigación desde la filosofía del derecho de los campos de concentración alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

En un intento por penetrar en el mal y contemplarlo desde dentro, Homo Sacerde Giorgio Agamben, se pregunta por el lugar que ocupó la Solución Final en el derecho del Nacionalsocialismo. Para comprenderlo, Agamben rescata la obra del jurista nazi Carl Schmitt, tanto como una figura del derecho romano arcaico, el homo sacer.

Un homo sacer era aquel individuo que podía ser sacrificado sin ser asesinado, un individuo que podía matarse sin que, como consecuencia, la sociedad exigiera una retribución por su muerte. Un homicidio que no es un crimen. Para que que un asesinato no sea penado, el individuo que muere ha de haber abandonado el mundo de los hombres mediante una purificación que lo conduzca hacia el ámbito de los dioses, o una degradación que lo abandone en el reino animal.

Una vez allí, quien fue una vez una persona ahora es un dios, o no es más que un pedazo de carne. Matar a este ser no es distinto de matar un pollo o un cuy, o crucificar a Jesús. Nadie pide que la señora que mata un cuy con sus propias manos vaya a la cárcel. Nadie, tampoco, exigió un castigo al pueblo que crucificó al hijo de Dios. O a lo mejor sí: Adolf Hitler.

El individuo víctima de un proceso como este queda transformado en un muerto viviente, un zombi. Y, otra vez: no se puede asesinar a quien está ya muerto.

Theon Greyjoy, cuando aún era un orgulloso noble

En la saga de George R. R. Martin, esta degradación se expresa en la historia de Theon Greyjoy.

Capturado por los Stark cuando Robert Baràtheon se hizo con el Trono de Hierro  (recordemos que, de acuerdo con el extraordinario Anthroplogie de l’esclavage, le ventre de fer et d’argent del etnólogo Claude Meillasoux, una de las condiciones previas a la esclavitud es el secuestro, la captura o la cautividad), Theon Greyhoy creció desde niño en calidad de rehén. Su destino estaría marcado por una impronta liminal: no ser nunca un Stark, ni nunca un Greyjoy. Recordemos que cuando Theon vuelve a la casa paterna a negociar una alianza con los Stark, su padre acaba por despreciarlo. Luego del rechazo, Theon traiciona a la familia que lo tenía secuestrado y conduce una asonada contra Winterfell, la capital que los Stark han gobernado durante centurias, con el fin último de ganarse la estima de su padre.

Pero Theon, después de vencer, no logra mantener la posición. Sus hombres lo noquean y lo sacan de Winterfell, y en el camino son capturados por Ramsay Snow, el bastardo de Roose Bolton, que seguirá una singladura exactamente inversa a la de Theon. Mientras al primero lo rechazó su padre, y luego lo abandonó su familia, Snow pasará de ser un bastardo a ser reconocido como el hijo legítimo de los Bolton.

Ahora te voy a ponel a gozal

Una vez en manos de Ramsay, Theon es crucificado y torturado a límites que ni los chinos hubieran logrado imaginar. Le cortan los dedos, le arrancan las tetillas; es emasculado, su pene enviado como regalo en una caja a su padre y a su hermana, a él, que había sido tan putero y tan pinga loca. El macabro obsequio es también un mensaje: imposibilitado de reproducirse (aquí cabe recordar otra idea de Meillassoux: que los eunucos son los esclavos por excelencia), el linaje de los Greyjoy acaba con Theon, o mejor dicho, con Reek, el Apestoso.

La tortura que Ramsay impone sobre Theon no es solo corporal. En un principio, Ramsay, su torturador, se hace pasar por un soldado enviado por los Greyjoy para liberarlo y salvarlo. Theon logra huir, pero solo para ser conducido de vuelta a las mazmorras por su propio torturador. Allí es torturado nuevamente. A riesgo de que le arranquen los dedos de la mano uno por uno, Ramsay fuerza a Theon a pronunciar su nuevo nombre: Reek. Tras una breve resistencia, Theon no solo lo pronuncia, lo grita.

A partir de allí, la idea de que Ramsay Snow se ha convertido en su amo y que Theon ha pasado a ser, literalmente, su perra, se expresa cuando, quebrado ya, el antiguo rehén es encerrado en las perreras del castillo. El cuerpo que alguna vez le perteneció a una persona ha pasado a ser una mera masa con vida: orina, carne, sangre, heces y saliva, un ser que no pertenece más al mundo del hombre. Es así que cuando su hermana acude a su rescate, Reek no logra distinguir más entre el montaje de su miserable existencia y la realidad. En medio del rescate, Reek cree que Ramsay está jugándole una jugarreta idéntica a la que ya le había hecho, pasada la cual, tan solo aumentaría su dolor. Pero esta vez el rescate es real, y su impotencia para distinguir entre la realidad y la ficción a la que el dolor lo ha condenado, favorece que su hermana fracase y tenga que huir. Al final de la estampida, cuando uno de los hombres pregunta a la hermana Greyjoy «¿Dónde está Theon?», ella no puede hacer otra cosa que responder: muerto.

Theon Greyjoy se instala así en el limbo entre los vivos y los muertos, el mismo limbo al que se condenó a los judíos en los campos de exterminio. Convertido en una masa viviente, asexuada y sin conciencia, en Juego de tronos se estable un siniestro paralelo entre Reek y el ser al que los judíos en Auschwitz llamaron «el musulmán».

La entrada al campo de exterminio de Auschwitz con la macabra leyenda: «El trabajo os hará libres».

De acuerdo con Primo Levi en Si esto es un hombre, «el musulmán» era un ser a quien la humillación, el horror y el miedo han arrebatado toda conciencia, toda personalidad. Un ser a quien se ha arrebatado la personalidad. No es que esté, como los demás judíos, excluido del contexto social y político al que alguna vez perteneció, es, por el contrario, «una vida que no merece la vida». Absolutamente solo, ha pasado a formar parte de un mundo sin pena ni memoria.

Un mundo, dice Agamben:

«al extremo del dolor, donde no queda nada más que las condiciones del espacio y el tiempo».

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